Nos abrimos paso a codazos entre la multitud. Mientras avanzábamos, me sorprendía la cantidad de personas a las que les iba el rollo metal. Sacudían la cabeza con movimientos rítmicos y frenéticos, al compás de la música, que sonaba a todo volumen. También cantaban a pleno pulmón.
Lucía, que se estaba meando des de que salimos del último bar cutre, en el que nos habíamos metido por equivocación, me apremió con la mirada. La cogí de la mano y caminé más rápido, apartando los cuerpos sudados que se interponían entre nosotras y el lavabo. Marta, también nos acompañaba para retocarse el maquillaje. Era de las pocas personas que conocía, capaz de terminar una noche de fiesta, sin parecer un mapache y mantener la dignidad hasta el amanecer. Incluso si había bebido.
Lo vi al salir. Estaba haciendo cola para pasar al baño. Mi corazón dio un vuelco, mis piernas dejaron de andar y paré en seco. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿No estaba en Noruega? Una chica morena, con minifalda de vinilo y medias de rejilla, se acercó y lo abrazó. Una punzada me atravesó el estómago. “No es para tanto”, pensé. Habíamos follado unas cuantas veces y tenía claro que no sería nada serio. ¿Entonces, porque dolía tanto de repente, saber que me había mentido?
―Oye Sara, ¿ese no es Hugo? ―Lucía me miraba sorprendida.
―¿No estaba en Suecia o no sé dónde? ―añadió Marta.
―Si, eso mismo pensaba yo.
―¿Y esa quién es? ―dijeron las dos.
―Joder, yo que sé ―las dejé atrás y pasé junto a él sin mirarlo―. Necesito una birra.
Pensándolo un poco, había sido raro que de la noche a la mañana se tuviera que ir a Noruega y después hubiera desaparecido por completo. Al principio le había mandado algún WhatsApp pero al ver que no me respondía dejé de insistir, y de eso hacía cuatro meses.
Pedimos otra ronda de chupitos y otra cerveza. Bailamos, movimos la cabeza como locas y bebimos más. En un momento dado, saqué el móvil para ver qué hora era, y vi que tenía mensajes. ¡El muy capullo me había escrito! “No esperaba verte por aquí”. “No sabía que te molaba esto”. “Oye estas muy guapa”. “Si te apetece podemos quedar un día”. Y al ver que no le respondía, el colofón final: “¿Ahora pasas de mí?”. Joder, ¿en serio? ¿Qué les pasa a los tíos? Primero desaparece con una excusa barata y ahora que me encuentra de casualidad, pretende que le conteste al segundo. Respiré profundamente, bloqueé el contacto y me fui a la barra a por otro chupito de tequila.