Llegaba tarde. Era una primera cita un poco precipitada, tenía que reconocerlo. ¿Cuántos días llevaban hablando? ¿Dos? Y ya parecía que se conocían de toda la vida. Normal que hubieran decidido verse enseguida. Subía las escaleras del metro y sonreía al recordar la conversación que habían mantenido esa misma mañana. ¿Para qué esperar más? Le había dicho él. Ella pensó que si en un par de días habían conseguido tener ese tipo de conexión, nada podía salir mal.
Él trabajaba en la otra punta de la ciudad, pero se las apañaba cada día para sorprenderla al salir del trabajo y esperarla con alguna propuesta divertida, para pasar lo que quedaba de tarde. A ella le parecía gracioso, que no se saltara ni un día. Pensaba en lo afortunada que había sido, al encontrar a un hombre tan atento. Deseaba poder presentárselo a sus amigas para demostrarles que, al contrario de lo que pensaban ellas, todavía quedaban por ahí solteros que valían la pena. Tan solo había que buscar bien.
De vez en cuando se sorprendía pensando que si él iba a buscarla absolutamente cada tarde, no tenían más remedio que estar juntos. Y ella no podía hacer otras cosas. Porque él generalmente no la avisaba. Por mucho que ella mencionara, que le apetecía retomar aquellas clases de pintura que había dejado aparcadas desde que salían juntos. O que iba a pasarse a ver a su madre para tomar un té con ella. De buenas a primeras lo aceptaba, pero al final aparecía con cualquier excusa y ella terminaba resignándose y autoengañándose pensando que podía posponerlo para ir otro día. Entonces decidían qué iban a cenar esa noche e iban al supermercado, paseaban, entraban en el cine o incluso visitaban alguna exposición. Porque a él también le encantaba el arte, pero el que pintaban los demás.
En alguna ocasión le había mentido, diciéndole que no se encontraba bien y que era mejor esperar al día siguiente para verse. Pero él acudía igualmente con un gran ramo de flores y un generoso tupper de un improvisado caldo, cocinado con cuatro cosas que tenía en la nevera. Se acurrucaba junto a ella en el sofá y le hacía compañía toda la noche, si era necesario. Se convencía pensando que él solo quería cuidarla y amarla. ¿Acaso no se trata de eso? ¿De encontrar a una persona, que te quiera y te cuide cuando estas enferma y que te colme de atenciones todo el tiempo?
Una tarde, decidieron dar una vuelta por el centro comercial y mientras él iba a por unos refrescos, vio como sus amigas se acercaban decididas hacia ella. Inmediatamente se avergonzó de haber dejado tantos mensajes en visto y sin responder.
―¡Anda! ¡Mírate!
―¡Pensábamos que te había tragado la tierra!
Las mejillas le ardían y no era capaz de fijar la vista en los ojos de ninguna.
―Déjala, que ya se sabe como va la cosa cuando se empieza una relación. ¿O es que no te acuerdas de cuando tu conociste a Mr. Hoyuelos? ―y continuó―, por cierto, ¿dónde lo tienes escondido?
―Viene por ahí ―señaló en dirección a la barra.
―Mira… Estas… son mis amigas.
―¡Por fin te conocemos! Encantada ―dijo una plántandole dos sonoros besos en las mejillas.
―Es que la tienes totalmente absorbida ―dijo la otra.
―Tenemos que quedar un día, que sin ti las salidas no son lo mismo ―dijo la tercera.
―Sí, cuando queráis… Quedamos ―dijo ella.
―¿Este sábado tienes algún plan? Pensábamos ir a esa discoteca que te gustaba tanto. ¡Es ideal para un reencuentro!
Lo miró de reojo y se percató de que, desde que estaban juntos, no habían pasado ni un fin de semana separados.
―Pues creo que bien ―dijo con un hilo de voz casi imperceptible―. Me apetece mucho, la verdad.
―Te mandamos los detalles.
―Venga, os dejamos, parejita ―Y se alejaron risueñas de nuevo entre el gentío.
Los dos se mantuvieron un buen rato en silencio con la mirada vacía. ¿Qué acababa de ocurrir? Hacía meses que no hablaba con ellas y había resultado un poco incómodo. Aunque las echaba mucho de menos. Y había dicho que sí a la quedada del sábado. Sin tener del todo claro qué pensaría él, que no dudaba en salir de fiesta con sus amigos si le apetecía. Y se convenció de que no le parecería mal que ella hiciera lo mismo.
El sábado por la mañana, después de desayunar, él sugirió que esa noche podían ir a cenar y luego al cine.
―Es la última semana que esta peli estará en cartelera, y no te la querías perder.
―Pero había quedado con mis amigas. ¿Recuerdas?
―Ah. Pensé que lo habías dicho para quedar bien. Como hace semanas que no quedas con ellas…
Durante unos segundos dudó en si responder o no. Optó por asentir de una forma neutra, intentando ocultar su frustración.
―Ya…
―Además, estoy casi seguro que solo te lo comentaron porque nos las encontramos. Si no, ¿tu crees que te habrían escrito?
―Es cierto. Hace semanas que no me mandan ningún WhatsApp. Es que no hablan ni por el grupo.
―Seguro que han abierto otro, sin ti.
Ella se mordió el labio y bajó la mirada. ¿Y si tiene razón? Si hubieran querido que saliera con ellas, seguramente le habrían dicho algo. Aunque al principio hubo muchas llamadas y mensajes insistentes, ella no paraba de poner excusas. Que si estaba cansada. Que si tenía que levantarse temprano al día siguiente para ayudar a su madre. Que si tenía que terminar un proyecto para el lunes.
Poco a poco y de forma casi imperceptible, su carácter había empezado a cambiar. A veces estaba de mal humor, sin ninguna causa aparente, y se enfadaba con facilidad. Un día, insultó a una señora en el supermercado, porque abrieron otra caja y se coló con un carro lleno hasta arriba por delante de ellos, que solo llevaban un par de cosas. En otra ocasión se enfadó con ella en la cola del cine, porque había saludado a un ex con el que había salido unos meses atrás, y se marcharon sin poder ver ninguna película, porque no podía estar en la misma sala respirando el mismo aire que él. Cuando llegaron a casa no le habló durante una hora y ella se encerró en el dormitorio a llorar. Al día siguiente, se levantó de la cama como si nada y por la noche la sorprendió llevándola a cenar a su restaurante favorito y terminaron la noche bebiendo champan desnudos dentro de la bañera, llena de espuma y de pétalos de rosa.
―¿Tú me quieres? ―le había dicho de repente.
¿Sería el alcohol? Él la miró decidido y la besó sin dudar. Uno de esos besos que la transportaban a aquellos primeros días de primavera en los que él aparecía sin avisar. Y entonces él decía:
―¡Pues claro que te quiero! ¡Qué cosas dices!
Ella cerraba los ojos y se dejaba llevar. En esos momentos sentía que lo amaba con locura.
Un día decidió que no le parecía bien que llamara a su madre todas las semanas, así que entre comentario y comentario, le iba dejando caer que dejara de hacerlo, que no podía depender tanto de una persona. Ella, por su parte, no quería perder el contacto, así que se hablaban en secreto, desde el trabajo, todos los martes sin excepción.
―Hija, hace mucho que no te vemos. Pasaos por casa este domingo y comemos juntos.
―Intentaré ver qué puedo hacer. Creo que este fin de semana hemos quedado con unos amigos ―mintió.
Consiguió convencerlo para que la acompañara y había tenido que aguantar sus quejas por cualquier cosa, durante los cuarenta y cinco minutos de trayecto en coche hasta allí. Su madre los recibió con un gran abrazo y con unos aperitivos que había preparado especialmente para la ocasión.
―¡Qué alegría que hayais podido venir!
―Tampoco teníamos ningún plan. Últimamente no hacemos mucha cosa ―respondió él.
Su madre la miró con preocupación.
―Acompáñame a la cocina, que me ayudarás a poner la mesa.
Él se colocó detrás y las siguió también.
―Disculpa, es que me gustaría hablar con mi hija. A solas.
―Ya. Bueno. Es que su hija es mi novia, y a mi me gusta estar con ella.
―Y yo hace días que no la veo y quiero hablarle de un tema privado ―y enfatizó las últimas palabras vocalizándolas bien―. Es un tema de família.
Él la cogió de la cintura y no dijo nada, pero ella sabía que debían irse inmediatamente. No podía creer que su madre lo hubiera provocado de esa forma. Ya le había avisado de que tenía mucho temperamento y que tendría que medir sus palabras delante de él. Había sido culpa suya, por confiar en que podían tener una comida tranquila.
―Vámonos a casa.
Su madre intentó retenerla, pero ella se zafó rápidamente. Se encontraba dividida. Quería a sus padres. Pero también lo quería a él.
Llegó el siguiente martes y como era costumbre, su madre la llamó, pero ella no respondió. A las pocas semanas, su madre dejó de insistir y no volvió a llamar ni a dejar mensajes en el contestador.
Después de las vacaciones de Navidad, durante las primeras rebajas, una compañera de trabajo, recién llegada a la ciudad, le pidió que la acompañara al centro comercial. Tenía que comprarse un vestido para una boda. Al llegar a casa, él se encontraba sentado en el sofá mirando el televisor apagado.
―Hola ―se acercó para besarlo pero él se apartó.
―¿Cómo ha ido?
―Muy bien. Nos hemos dado una vuelta por el centro comercial.
―¿Y no has comprado nada?
―No. No he encontrado nada que me gustara.
―Seguro que no has estado en el centro comercial ―susurró.
―¿Cómo dices?
―¡Lo que has oído! ―gritó él.
Y se abalanzó sobre ella. Era la primera vez que le daba un bofetón. Ella se tapó la cara y empezó a llorar.
―Perdona, mi amor. Perdona.
―¡No me toques!
―¡Te toco si me da la gana! ¡Puta! ¡Que sois todas unas putas!
Ella corrió a encerrarse en el lavabo y se metió debajo de la ducha para no escucharlo gritar. Cuando salió del cuarto de baño, él no estaba. Pasaron las horas y seguía sin volver. No respondió a ninguno de sus mensajes ni llamadas. Se metió en la cama temblando, sin cenar y se mantuvo despierta casi toda la noche. A las ocho de la mañana, escuchó la llave girar en el cerrojo. De un salto salió al pasillo y allí estaba, completamente borracho. En cuanto la vio se echó a llorar.
―Perdóname mi amor. No quería llegar tan tarde.
Una noche ella llegó de nuevo a casa un poco más tarde de lo habitual. Entró pensando en si estaría enfadado, pero él la esperaba sentado en el sofá con una copa de vino tinto.
―Te sirvo una para tí.
Vaya, está de buen humor. Se sentaron en silencio e iba pasando el rato pero ella notaba que algo no andaba bien.
―¿Dónde vas?
―A buscar algo para picar, tengo un poco de hambre.
―No hay mucha cosa. Te tocaba a tí ir al supermercado.
―Pensé que irías tú, que hoy llegabas antes.
―Ya pero hoy es jueves. Tenías que ir tu.
Puso los ojos en blanco y se giró para entrar en la cocina. Sabía que, llegados a ese punto, era mejor no responder. Pero él no se rindió y se acercó a ella cogiéndola de la mano con fuerza.
―¡No me dejes con la palabra en la boca! ―bramó acercándola muy fuerte contra su cuerpo.
Ella empezó a temblar y a llorar.
―¡Estoy harta!
―¿De qué?
―¡De tu mal humor! ¡De todo! ¡De tí!
―¿Cómo que estás harta de mí? ¡De mi no te puedes hartar!
La empujó con fuerza hacia la cocina y ella cayó de espaldas. El golpe fue seco, como cuando se agrieta un jarrón, pero no termina de romperse, y todo se volvió oscuro para ella.