Carme Teixidor

Escritora

Llegaban cada tarde

Llegaban cada tarde con la alegría y las risas teñidas de color y verano. Aparcaban las derbi variant al final de la carretera, y se adentraban descalzas en la arena. Empezó a fijarse en una de las chicas, que no tenía moto y siempre iba de paquete. Bajaba con gracia, dando un pequeño saltito, se colocaba bien su mochila hippie y se quitaba las sandalias con una mano mientras seguía tímidamente a las demás hacia el azul del mar.

Cuando cumplí los catorce años mi padre se presentó muy serio frente a mi, para decirme muy solemnemente, que ya era lo bastante mayor y que podía ayudar en el bar familiar. Y así fue, como, a partir de entonces, había de pasar todas las vacaciones sirviendo cafés, bocatas y medianas a todo aquel que apareciera por allí.

Después de tres veranos, convencí a mi madre, para que me dejara salir algunos fines de semana. Ella, que ya intuía que por muy joven que hubiera empezado mi carrera como camarero, no quería seguir la estela familiar, me consentía. “Ya hablaré yo con tu padre después”, me decía. Y por las noches, los escuchaba a través de las finas paredes del piso: “Ya es bastante mayor”. “Tiene diecisiete años”. “Quiere estar con sus amigos”. “Antes era otra época”. Y mi padre, no tenía más remedio que guardarse para sí sus pensamientos y aceptar que en realidad, sí que eran otros tiempos y que yo también tenía derecho a disfrutar.

Un sábado por la mañana, Miguel me llamó al teléfono del bar.

―Oye, esta tarde iremos al huerto del primo de María. ¿Te apuntas?

―Espera que pregunto ―y aparté un poco el auricular de mi oreja―. ¡Mamá! ¿Puedo ir esta tarde con mis amigos? ―después de unos minutos volví a acercarlo para responder―. Sí, allí estaré ‒colgué con el corazón acelerado “¿Estaría allí también la chica de la moto?”.

Llegué a la verja con mi bicicleta, bajo el sol de media tarde. Mis colegas ya estaban allí y me hicieron señas con la mano para que entrara. El calor era bastante sofocante, y dos cabras estaban tumbadas bajo la única sombra que había en todo el recinto, ¡qué listas!.

Mezclamos el vodka que había traído Santi con las fantas de naranja que yo había sacado del bar, mientras Juan nos ofrecía cigarrillos del paquete de Marlboro, que había comprado antes de venir. El humo caliente me llenó los pulmones, y tosí provocando las carcajadas de los demás que me repetían que no se me daba bien fumar.

A medida que pasaba la tarde fueron llegando más personas y en algunos momentos me sentí un poco incómodo porque apenas conocía a nadie de los que estaban allí. Nos dio la sensación de que no era la primera vez que se reunían en ese lugar para beber alcohol y fumar, y nosotros estuvimos a lo nuestro, aunque algunos de los chicos mayores intentaran hacer que nos pasáramos con el vodka más de la cuenta.

Cuando ya había caído casi la noche, y estábamos debatiendo si volver a casa de Miguel para jugar a rol, escuchamos unos gritos ahogados. Procedían de un grupo de chicas, que estaban a unos metros de distancia y que habían llegado hacía un rato. Instintivamente corrimos todos hacia allí para ver qué estaba ocurriendo. Una chica yacía en el suelo, tumbada boca abajo, llegaron más personas hasta que se formó un círculo a su alrededor.

―No os quedéis mirando, ¡que alguien haga algo! ―se oyó sin poder identificar quien hablaba.

Alguien se agachó y le dio la vuelta. Me llevé las manos a la boca, para evitar que un grito saliera disparado y sin control. ¡Era la chica que iba de paquete en la moto!.

Los golpes en la cara no conseguían despertarla y se empezaron a escuchar sollozos y gritos a mi alrededor: “¡Está muerta!”. De repente, un brazo nos empujó y nos apartó: “Aquí no hay nada que ver, marchaos a vuestras casas”.

Llegué a casa nervioso y con el corazón acelerado. Apenas pude dormir. Era la primera vez que veía una persona muerta y la imagen me perseguiría durante mucho tiempo después.

Esa tarde de domingo las motos no llegaron, ni el lunes, ni los días siguientes. La alegría y las risas que traían el verano y el calor sonaron a partir de entonces, lejos, en otra playa y en otro lugar.

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