Carme Teixidor

Escritora

Amigas

―¿Alguna vez te has preguntado si estás haciendo lo que realmente quieres? ― Le pregunté distraída, mientras le preparaba un cóctel.

―Ay, Lili, qué paranoia. ¿A qué te refieres?

―Pues a eso que te digo. ¿Cómo sabes que querías dedicarte a ser maestra?

―Estas fatal de la cabeza ―y después de pensarlo durante unos segundos, añadió―, pues lo sabía y punto.

Sofía y yo éramos amigas des de la guardería y lo habíamos compartido absolutamente todo. Los ruedines en las bicicletas de color rosa con pompones en el manillar; la primera comunión; las cremas milagrosas para el acné, que en vez de mejorar la piel, la empeoraban; los amores platónicos en el insti; la peor borrachera en una cena de fin de curso; la rebeldía adolescente que nos hizo pasar por las típicas fases emo, gótica y heavy después. Siempre, siempre, habíamos estado juntas. No recuerdo ningún momento importante de mi vida, en el que ella no estuviera presente cogiéndome de la mano. De pequeñas, soñábamos que nos casaríamos el mismo día para poder tener la mejor despedida de soltera del mundo mundial. Sí. Veíamos demasiadas películas americanas, de esas de chica conoce a chico y comen perdices para siempre. Qué tiempos aquellos.

Le di el cóctel y nos fuimos al salón. La decoración del piso había ido mejorando con el paso del tiempo y nuestros sueldos, que nos habían permitido hacer varias excursiones a Ikea, con la furgoneta de mi hermano, y renovar el mobiliario: una mesa y cuatro sillas de madera decente, cuadros bonitos en las paredes, alguna que otra lámpara de diseño, un mueble para la televisión que no se cayera a trozos, el que teníamos lo habíamos encontrado en la basura un día volviendo de fiesta en la Barceloneta. Pero había una única cosa de la que nos costaba deshacernos, el sofá cutre que nos trajimos de casa de sus padres. Las costuras deshilachadas de la tela gastada y roída, ocultaban los recuerdos de una infancia alegre y feliz, y nos resistíamos a tirarlo y a sustituirlo por uno nuevo.

―Oye, siempre me toca a mí, preparar las bebidas. A ver si algún día, te estiras y las haces tu.

Sofía, se hizo la despistada y empezó a sorber poco a poco el líquido dulzón del mojito.

―¡Ay! ¿Sabes qué? El otro día me encontré con Paula, ¿te acuerdas de ella? ―continué.

Dejó el vaso encima de la mesa auxiliar y cogió un cigarrillo de mi paquete.

―Sí. ¡Claro que me acuerdo! Esa compañera de clase tan plasta que nos encontrábamos cada dos por tres cuando salíamos por la Ovella negra.

―¿Te acuerdas de ese día, cuando lo dejó con alguno de sus rollos, y se emborrachó a base de chupitos de tequila?

―Ostia, sí, la madre que la parió. Éramos cuatro para meterla en un taxi ―de repente se puso tensa y se incorporó de un salto–. ¿No le habrás dicho que se pase por casa, no?

―No, tranquila –reí―. Me estuvo contando que después de la uni, había cogido un año sabático y se había ido a viajar por Asia y Sur América.

―Hay gente que se lo monta bien, ya ves.

―Sí. Me dijo que se había enamorado de un argentino mientras estuvo allí. Y, espera que ahora viene lo mejor. Es muy fuerte ¡Se va a vivir a Buenos Aires a finales de este mes!.

Apagó el cigarrillo y volvió a coger el cóctel, se acercó la pajita a la boca pero no bebió. Nos quedamos calladas durante unos minutos un poco incómodos. Había ensayado esa conversación en mi cabeza millones de veces, aunque a la hora de la verdad estaba resultando más difícil de lo que había imaginado, hasta que finalmente, con gesto de confusión, preguntó:

―¿Te quieres a ir a Argentina?

―No. A Argentina no ―respiré profundamente. En sus ojos apareció un destello de alivio que se esfumó inmediatamente cuando continué―. Pero a la India, sí. Hace tiempo que le doy vueltas. Sofía, creo que me equivoqué estudiando magisterio.

―Lo sé. Y a veces me siento culpable, porque sé que escogiste esa carrera por mí ―y añadió―, no quiero que te vayas. Hemos estado siempre juntas.

―Y siempre lo estaremos. Eres mi mejor amiga y eso no va a cambiar aunque estemos a miles de kilómetros de distancia la una de la otra.

No podía decirle que por mucho que nos esforzáramos, la distancia haría que inevitablemente nuestra relación se enfriara. Así que dejé que el tiempo hiciera ese trabajo por mi.

Siguiente Entrada

Anterior Entrada

Dejar una respuesta

© 2026 Carme Teixidor

Tema de Anders Norén