A pesar de que ya eran las ocho, sólo tres, de las doce personas que habitualmente ocupábamos ese espacio, nos encontrábamos en nuestras mesas. “¿Habrá pasado algo?” Descargué mi bolsa con el portátil y los documentos del último artículo en el que estaba trabajando. Saqué mi teléfono para meterme en Twitter y visitar la página del periódico, pero no aparecía ninguna noticia destacada de última hora.
Un mensaje de mi jefe, en la bandeja de entrada del correo, me sobresaltó: “Reunión urgente a las ocho y cuarto”. Decidí ir primero a la cocina a buscar un café, pero por el camino me lo pensé mejor, y en vez de eso, me dirigí hacia el baño, donde me encontré con Paula.
―Buenos días―me coloqué junto a ella y abrí el grifo.
―Hola ―respondió.
―¿Cómo has pasado el fin de semana?
―Bien ―recogió sus cosas dentro del neceser―. Lo siento, tengo que hacer una llamada urgente.
No me molestó la frialdad de su respuesta. Últimamente el ambiente de trabajo se había vuelto un poco hostil, incluso había notado que algunas personas me evitaban en las pausas para el café o el almuerzo.
El director no estaba en su despacho y su secretaria me indicó que me sentara, mientras me decía que vendría en breves minutos.
Las paredes blancas y frías acompañaban mi sensación de incomodidad, ¿quién tenía un despacho sin cuadros en las paredes?. Trabajar como periodista no había resultado tan glamuroso como me había imaginado. Esa idea romántica que aparece en las películas, donde un reportero en decadencia persigue una historia, que se convierte en éxito sacándolo de su miseria, se tornaba un poco complicada, en un mundo con mucha competencia y saturado de personas que, al igual que yo, buscaban tener una exclusiva al precio que fuera. Al final, si querías hacerte un hueco y no terminar escribiendo crónicas de eventos sin importancia toda la vida, tenías que ponerle morro. La puerta se abrió y entró el director con una carpeta llena de papeles bajo el brazo.
―Hola Ana –dijo sentándose frente a mí―. ¿Sabes porqué estas aquí?
―Tenía un aviso de reunión urgente ―respondí inquieta.
―Voy a ir directo al grano ―continuó―. Varios compañeros se han quejado de… ― vaciló un momento buscando la palabra adecuada― tus métodos.
Así que se trataba de eso. ¿Habría sido María? ¿O tal vez Marcos? El curro les venía grande, eran muy indecisos y les costaba un poco actuar. Digamos que tenían un ritmo más lento que el mío y yo me había aprovechado de la situación.
―La verdad es que llevas con nosotros unos cuantos meses, y he de reconocer que tus artículos son impecables ―continuó―. No sé como era en tu antigua redacción, pero aquí.. –hizo una pausa y me miró directamente― no toleramos cierta clase de comportamientos. Intentamos colaborar entre nosotros y que haya un ambiente agradable.
―A lo mejor podría contarle mi versión de la historia.
―No hace falta. Hace un par de semanas que te observo y, como mínimo, he recibido quejas de cinco personas distintas.
En ese momento la puerta se abrió y entró un vigilante de seguridad. Me retorcí en mi asiento confusa.
―Julián te acompañará a tu mesa y hasta la salida. Me temo que no puedes seguir formando parte de esta empresa. Estás despedida.
No hacía falta que el señor ese me escoltara hasta mi mesa. Lo encontré desproporcionado. Si no estaban dispuestos a tenerme contratada ya me iba yo solita. Ellos se lo perdían. Mientras caminaba hacia el ascensor, con la cabeza bien alta, las miradas de los demás se clavaron en mí, incluso divisé alguna sonrisita. A ver qué cara se les ponía cuando vieran mi último artículo publicado en la competencia. Lo llevaban claro si pensaban que lo había dejado allí.