Carme Teixidor

Escritora

El Maletín

Llegaron a la frontera un poco antes de la hora acordada. Apagaron las luces del coche y avanzaron despacio hasta el arcén. No había nadie, tan solo un mar de oscuridad iluminado por una luna, que esa noche lucía perfecta y redonda, en el cielo totalmente despejado.

―Vaya hombre, tenía que haber luna llena precisamente hoy ―murmuró Hugo.

―¿Estás seguro de que es la hora correcta? ―volvió a preguntar Marga por enésima vez.

―Sí. Lo estoy―resopló.

―Perdona. Es que estoy un poco inquieta.

―No pasa nada ―se acordó de lo nervioso que estaba él, la primera vez que había aceptado ir a la frontera.

Aquella noche no había podido pegar ojo y las manos le temblaron durante todo el trayecto de ida y vuelta.

―Vamos a esperar a ver qué pasa.

Apagaron el motor y se acomodaron en los asientos delanteros del utilitario. Esa carretera secundaria estaba muy poco transitada. Aunque el punto de encuentro variaba en cada misión, la ubicación exacta se les comunicaba a través de un email encriptado, que recibían el mismo día, lo que los obligaba a estar siempre preparados para las recogidas.

Marga empezó de nuevo a impacientarse.

―¿Por qué tardan tanto?

―No suelen ser muy puntuales ―respondió él.

No había tenido la ocasión de fijarse en el interior del coche, hasta ese momento. A ella no le había sentado muy bien, que en el último momento le dijera que tenían que coger el suyo. Era bastante antiguo y tenía algunos desperfectos, que evidenciaban que no lo habían cuidado mucho, la tela estaba rasgada en algunas partes y le faltaba un reposa cabezas. En los asientos traseros había un montón de libros viejos apilados en dos cajas.

―¿Eso son libros?

―Sí. Son para llevar a la escuela de mi hermana. Los encontré en el sótano de mi abuela junto con otras antiguallas.

Miró el ambientador sucio en forma de abeja que colgaba del retrovisor. Todo el coche parecía sacado de otra época. En ese instante un pensamiento fugaz cruzó su mente. Apenas la conocía de nada y él se había encaprichado de ella como un niño. ¿Cómo explicaba sino, que apenas veinticuatro horas después de conocerla, en aquel garito de mala muerte, le hubiera contado lo que hacía alguna que otra noche al mes, des de hacía más de dos años? Y ahora, en la negrura de las montañas, un sentimiento de arrepentimiento le sacudía las entrañas, y no sabía por qué. “Cálmate”, pensó. Se dio cuenta de que hacía rato que ella no paraba de mover rítmicamente una pierna, “Te está contaminando con sus nervios, es solo eso”.

―¡Mira! !Algo se mueve por allí! ‒exclamó ella.

Una moto circulaba hacia ellos muy despacio. Paró en el arcén, unos metros más arriba y encendió y apagó las luces dos veces.

―Es la señal, ¡Vamos!

El intercambio se produjo sin incidentes, aunque Hugo no dejó que Marga se acercara con él. La misma punzada en las entrañas que había sentido minutos antes, le obligó a mandarla de vuelta al coche, mientras él recogía el paquete.

―No entiendo por qué me has pedido que te acompañara ―le dijo cuando abrió la puerta y se sentó.

―Arranca. Va ―suspiró.

No podía decirle que no se fiaba de ella, porque ni él mismo sabía el motivo de esa extraña sensación.

―No me has dicho qué hay en el maletín.

―Es que no lo sé. Solo los elegidos conocen su contenido. Los demás no hacemos preguntas.

********

Marga entró en el edificio abandonado a las seis de la tarde. Había llegado hasta allí después de coger dos líneas de metro diferentes y andar más de cuarenta minutos dando un rodeo, para evitar que la siguieran. Subió hasta el tercer piso, donde el aspecto de edificio abandonado cambió por completo y se abrió ante ella una habitación totalmente reformada con luces blancas, paredes lisas y una mesa con dos sillas, una enfrente de la otra. Inmediatamente un hombre corpulento entró en la sala.

―¿Y bien?

―Sospecha de mí. Creo que metí la pata en algún momento.

―¡Mierda! Tenemos que averiguar qué contienen esos maletines y vamos a contrarreloj. Siéntate. Vamos a repasarlo todo para ver qué pudo ocurrir.

********

Hugo estaba sentado en el sofá des de hacía un buen rato. Tenía el maletín justo delante. Desde que había llegado a casa, no había podido dejar de darle vueltas a esa frase “los demás no hacemos preguntas”. Sin pensárselo un segundo más, lo abrió. “Bueno, pues aquí está la puñetera respuesta Marga”, y lo volvió a cerrar de un manotazo.

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