―¿Dónde vas con ese vestido rojo tan ajustado?
―Ya te dije que había quedado con Claudia y Martina esta noche… Hace mucho que no las veo.
Seguí peinándome delante del espejo, intentando disimular el temblor en mis manos, mientras él continuaba insistiendo sin quitarme ojo de encima:
―Pero… ―dudó durante unos segundos―. Pensaba que os quedaríais en casa de Claudia en plan tranquilo.
―Sí, esa era la intención al principio. Pero luego, Martina propuso que saliéramos las tres, como en los viejos tiempos. Y nos pareció bien.
―No me lo habías contado.
Aparté el rimmel negro de mis pestañas para girarme un poco y mirarlo fijamente.
―En casa o fuera, ¿qué más da? Tengo ganas de ver a las chicas y ponernos al día―respondí un poco enfadada.
No dejaba de mirarme. Estaba claro que para él esa diferencia, sí, era importante. Me senté en la cama para ponerme las botas, y tuve que cerrar las piernas, para que no se me subiera el vestido más de la cuenta. Hacía años que no me sentía tan sexy, no entendía como a él no le gustaba que me pudiera sentir así. Cruzó los brazos y separó un poco las piernas, en un gesto que percibí como amenazante. ¿Era posible? Volvió a la carga.
―Me parece un poco corto, no sé, creo que deberías cambiarte. Da la sensación de que vas pidiendo por ahí, que alguien te viole.
¡Joder! ¿Había dicho eso de verdad? ¿Cómo se había convertido Julián en esa clase de persona? Decidí callar para no entrar en una discusión que nos llevaría a los conocidos gritos, a los odiados morros, que durarían tres días, seguidos por un polvo de reconciliación y palabras bonitas.
―Puedo ponerme el vestido negro vaporoso. Igualmente estaba dudando entre los dos.
―Sí. Definitivamente, ese te queda mucho mejor.
“Porque parezco un saco de patatas”, pensé para mí. Con esa respuesta él quedó conforme y se fue hacia el salón. Lo escuché llamar por teléfono para pedir una pizza.
Suspiré profundamente y me levanté de la cama. Mi cara se había transformado completamente. Si hace unos minutos me sentía sexy y bonita, con ganas de comerme el mundo y la noche junto a mis amigas, ahora sólo me apetecía meterme en la cama y llorar. ¿Cuántas veces había pasado eso? Estar a punto de salir y que me hiciera cambiar de idea, ¿sin llegar a decírmelo directamente? Mientras tanto, un nudo en el estómago se estrechaba cada vez más y la palidez se reflejaba en mi rostro. Decidí respirar profundamente tres o cuatro veces. Miré el teléfono. Las notificaciones de Whatsapp me animaron. Casi era la hora.
―Esta vez no ―le dije al espejo.
Cogí el vestido negro del armario.
Su cara, al verme avanzar hacia la puerta confirmó todas mis sospechas. Creía que me quedaría en casa como las demás veces.
―Me voy ―le dije con voz trémula, y cogiendo mi abrigo rápidamente.
Se acercó para darme un beso. Salí pitando de casa y bajé las escaleras de dos en dos, temiendo que pudiera seguirme para hacerme cambiar de parecer.
Enseguida divisé el Seat Ibiza de Claudia aparcado delante del paso de peatones y corrí hacia él. Abrí la puerta con firmeza, y el reguetón que sonaba a toda pastilla, ahogó los gritos de mis amigas que se alegraban de verme al fin.
Nos alejamos poco a poco del edificio, y mientras el coche rodaba por encima del asfalto, lancé el vestido negro por la ventana mientras anunciaba:
―Tengo que dejar a Julián.