Carme Teixidor

Escritora

LEE AQUÍ LOS DOS PRIMEROS CAPÍTULOS

LO QUE EL TIEMPO CALLA

Por Carme Teixidor Albarrán

Editorial: Con M de Mujer Editorial

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1


Estrasburgo, noviembre de 2023.
Dejarlo todo para trasladarse a otro país y perseguir sus sueños le pareció una idea perfecta en su momento. Sin embargo, desde hace unos meses, las dudas no la dejan dormir y el insomnio ha pasado de ser un conocido ocasional a convertirse en su mejor amigo. A sus treinta y un años ha sido capaz de construir una vida, de seguir un camino. Y en cierto modo tiene todo lo que imaginaba que podría conseguir. Un trabajo decente, buenas amigas con las que pasar unos ratos estupendos, una vida social bastante aceptable, algún que otro escarceo amoroso. Entonces ¿por qué desde hace un tiempo no deja de hacerse preguntas como qué hace aquí o si este es su lugar?

La pantalla del teléfono se ilumina en el momento perfecto. Necesita una pausa. Se levanta del escritorio y
se dirige a la cocina para preparar otro café, más cargado que el anterior, si cabe. Tiene que terminar, sea como sea, el encargo en el que está trabajando esta mañana. Estira los brazos, bosteza y se da un ligero masaje en las mejillas. A ver si al final sus amigas tendrán razón y tendrá que ir al médico para que le receten pastillas de esas para poder dormir.

Abre el chat para leer las conversaciones pendientes.
«¡Buenos días! Erika, ¿al final tenemos reserva para comer en el sitio nuevo que nos comentaste?», ha preguntado Joséphine.
«¡Sí! Ha costado un poco, pero al final he conseguido una mesa», ha contestado Erika.
«¿A la hora de siempre?», ha continuado Joséphine.
Las dos amigas han respondido con el mismo emoticono: el de una mano con el pulgar hacia arriba. Sofía
sonríe mientras teclea su respuesta. «Buenos días, chicas. Perfecto. Nos vemos allí», seguido de dos emoticonos de beso con un corazón.

Si Sofía tuviera que utilizar una sola palabra para resumir su vida en Estrasburgo, sin duda el término que
escogería sería «rutinas». Unas rutinas que la mantienen ocupada sobreviviendo en una ciudad, que la acogió un bonito día de primavera de hace cinco años, y en un trabajo que no la termina de convencer. Aunque todo el mundo le repita que ha tenido mucha suerte. Una palabra que no le gusta nada porque sabe que no fue el
azar el que le permitió optar a un puesto de intérprete en el Parlamento Europeo. Más bien fueron el estudio, la disciplina, la perseverancia y el esfuerzo. Y algunas de esas dudas que la despiertan casi cada noche también se refieren a esta cuestión: si ha valido la pena todo el sacrificio por el que ha tenido que pasar. Por eso se aferra a las rutinas. Porque, si deja de hacerlo, puede que empiece a hundirse en las arenas movedizas de la incertidumbre. Así que las semanas se van sucediendo más o menos de la misma forma. De lunes a viernes trabaja todo el día. Los sábados los destina a la vida social y por norma general incluyen planes como fiestas, comidas, cenas, paseos o compras. Los domingos se queda en casa descansando, viendo la tele o leyendo un buen libro, por el simple placer de leer.

El botón de la cafetera termina su parpadeo y se queda fijo en el color verde. Acciona la palanca. En pocos segundos un brebaje de color negro empieza a caer dentro de la taza y el aroma penetra en sus fosas nasales. Con lo que le gusta el café, tendría que deshacerse de la vieja máquina de cápsulas y comprarse otra más profesional, pero nunca encuentra el momento de hacerlo.

Con sumo cuidado, para no derramar ni una gota del líquido del recipiente, se acerca a la ventana del salón con el objetivo de curiosear el exterior. Ninguna novedad. El cielo sigue cubierto por un manto de nubes
de color gris. La parada del tranvía de la esquina está prácticamente desierta. La señora Martin, enfundada en un chaquetón de color crema que le llega hasta los pies, barre con gracia la acera de delante de la boulangerie. Al verla, se acuerda de los cruasanes que ha bajado a comprar hace un rato y vuelve a la encimera de la cocina a por ellos. El primer mordisco le sabe a gloria. Regresa a la ventana. La ciudad es más perezosa los fines de semana y hay poco que cotillear. Un taxi para frente al hostal que hay dos portales más abajo, y dos turistas, poco abrigados para esta época del año, se apean con rapidez.

Termina de comerse el cruasán y le da un buen trago al café. Se deja caer encima del sofá de terciopelo verde vibrante, para llamar por teléfono. Desde que puso un pie por primera vez en ese apartamento, supo que sería su hogar. Se enamoró del suelo, envejecido y recuperado. También de las contraventanas azul cielo, que le recordaban a los días brillantes y luminosos de su tierra, además de añadirle mucho carácter y calidez al espacio, requisitos imprescindibles para Sofía a la hora de buscar su nueva casa.

Los tonos del teléfono siguen sonando. Parece que no hay respuesta. Espera a que salte el contestador para
colgar y volver a intentarlo por segunda vez.
—¡Hija!
—Hola, papá.
Él y su manía de tener el teléfono siempre en silencio y de no responder nunca a sus llamadas a la primera.
—¿Cómo estás? ¿Ya estás despierta?
Sofía aleja el teléfono de su oreja. Son las nueve menos diez.
—Estoy bien, como siempre. Es que tengo que terminar un encargo para la editorial y me he despertado
muy temprano —miente a medias Sofía, sin ningún remordimiento—. ¿Y tú? ¿Cómo llevas la mudanza?
—De aquella manera —responde él tras unos segundos de silencio—. Hace unos días que empaqueté
todos los libros del despacho y ahora estoy atascado seleccionando qué objetos del salón se vienen conmigo.
—Papá, recuerda lo que hablamos. No te vuelvas loco guardando cosas. Piensa que, en el nuevo piso, no
va a caber todo. Es mejor que selecciones con cuidado qué te vas a llevar. Si no, corremos el riesgo de que la
mayoría termine guardado en un trastero y nos olvidemos por completo de ello.
—Lo sé. Lo sé. Tienes razón, hija. No pensé que me costaría tanto deshacerme de nuestros recuerdos —intuye
un hilo de desesperación en la voz—. Se me está haciendo muy duro elegir qué me llevo y qué dejo atrás. He tenido que pedirle ayuda a Nerea.
Sofía es consciente de ello porque Nerea se lo contó ayer durante la videollamada que mantienen una vez a
la semana y que se les alargó más de la cuenta.
—Ya, papá —responde agobiada por tener que consolarlo—. Pero es lo mejor. Ya lo hemos hablado. La casa
es demasiado grande para ti solo. En el nuevo apartamento estarás de lujo.
«Además, necesitas pasar página de una vez», quiere añadir Sofía, aunque no se atreve. Nunca hablan de
ella. Es mejor así.
—¿Has comprado ya el billete de avión?
—Sí, salgo desde París. Con tan poca antelación, desde aquí los precios son prohibitivos.
—¡Hija! Siempre lo dejas todo para última hora. Lo decidimos hace ya más de un mes precisamente para
que tuvieras tiempo de organizarte.
Todo, todo, no.
—No pasa nada, papá. Me he organizado para coger un vuelo desde París y ya —zanja Sofía.

Terminan la llamada después de que él le cuente que ya tiene las llaves del piso nuevo y que quiere mostrárselo. Ha grabado un vídeo que le mandará en unos instantes. A Sofía no le pasa desapercibida la emoción en la voz de su padre al hablar de la mudanza y siente un nudo en el estómago. ¿Puede que ese sea el motivo por el que ha tardado más de lo habitual en comprar el billete de avión? Deja caer la cabeza hacia atrás entre suspiros y una sensación de ahogo en el pecho. Lo cierto es que no quiere ir. Le da pereza. Sabe que volver a casa significará, de una forma u otra, remover el pasado. Un tiempo que prefiere dejar en el olvido. Y no le apetece en absoluto. No quiere tener que hablar con él de su madre y sabe que se verá en la obligación de hacerlo. Será inevitable. La casa está impregnada de ellos, de su vida, de su familia, de memorias y de recuerdos. La voz de Nerea aparece como un eco dentro de su mente: «Necesitáis hacer
esto los dos juntos para poder avanzar», porque, aunque no se lo pida ni se lo diga, su padre la necesita. Y Sofía lo sabe. Por eso hace el esfuerzo de ir antes de tiempo. Para estar con él. Aunque, en realidad, lo que más le gustaría es poder quedarse en Estrasburgo y disfrutar con sus amigas del famoso mercado navideño por el que la capital de Alsacia es conocida en todo el mundo.

Cambia de postura para tumbarse boca arriba en el sofá. Reclina la cabeza encima de un mullido cojín de color amarillo chillón y cruza las piernas. Pensativa, alarga la mano para tocar con la punta de los dedos la alfombra de pelo rosa pastel que cubre ese suelo de madera recuperada que tanto la enamoró. En su cabeza siguen resonando las palabras de su padre. «El camino más lógico es vender la casa.» Está claro que es demasiado grande para él y ha llegado el momento de que otras personas la disfruten igual que han hecho ellos. Sin embargo, ahora que se va acercando el momento, es inevitable que Sofía también se pregunte qué significa todo esto para ella. ¿Lo ha pensado siquiera? ¿Y si su padre tiene razón y lo deja todo para el último momento? ¿Ese «todo» incluye, también, lo de enfrentarse a las situaciones? Puede que sea su asignatura pendiente. Sofía funciona por inercias y, en todo caso, reacciona cuando la situación se descontrola y no tiene más remedio que tomar decisiones. Como cuando decidió dejar a su novio del instituto justo el día antes del primer día de universidad en Barcelona.

El teléfono zumba encima de la moderna mesa de centro veteada, de imitación mármol. Sofía alarga la
mano sin moverse y lo estira hacia ella con la punta de los dedos. Es el vídeo del piso que le ha prometido su
padre. El corazón le late con fuerza. Le da al botón de reproducir. Las imágenes se van sucediendo delante
de sus ojos mientras su voz relata con esmero todo lo que va grabando. Sin embargo, ella solo puede fijarse en
una sola cosa: en la cantidad de luz que hay en todas las estancias y en que entra a raudales a través de todos
los cristales. Siente una punzada de nostalgia. Mira de nuevo hacia el exterior para encontrarse con ese cielo
tan conocido de color gris, el mismo que hace días que cubre la ciudad. Respira hondo. Tiene que dejar listo el
trabajo antes de meterse en la ducha. El tiempo se le está echando encima y lo último que necesita hoy es llegar tarde a la cita con sus amigas.

2

Banyoles, marzo de 1994.
Es en momentos así cuando desearía haber nacido en otra familia, en una donde todo fuera fácil, donde me
escucharan y tuvieran en cuenta mis ideas y opiniones. Donde me dejaran ser.

Mantengo los ojos cerrados con todas mis fuerzas y empiezo a vislumbrar siluetas y formas que se delinean
en la oscuridad del vacío. Contengo las lágrimas hasta que no puedo más y una mueca se dibuja en mis labios.
Aprieto los puños. Quiero gritar. Bramar. Lo necesito. Desgañitarme hasta quedarme muda. Me doblo sobre
mí misma en un intento de engullir la emoción, de contenerla para que no se desborde. La rabia me consume,
me quema por dentro, me sacude hasta el cerebro. Tengo que aguantar como sea. Reprimo las ganas de chillar. Estoy en casa de Maribel encerrada en el baño. ¿Qué pensará mi amiga de mí, si le monto un numerito? O, peor aún, ¿qué pensarán sus padres?

Me concentro en contar hasta diez. Siento mis dedos clavarse con más fuerza en la palma de mis manos. Inspiro: uno. Expiro: dos. Inspiro: tres. Expiro: cuatro. Inspiro: cinco.

—¿Hola?

Unos enérgicos golpes en la puerta me desconcentran. Abro los ojos de golpe y relajo mi cuerpo en una
gran exhalación. Una lágrima asoma por mi ojo derecho. Miro a mi alrededor y descubro con tristeza que todo sigue igual, sintiéndome estúpida y miserable. ¿Qué esperaba? ¿Desaparecer? ¿Teletransportarme a otra vida? ¿A otro universo? Veo mi cara en el espejo. El grifo sigue abierto. Lo cierro de un golpe. El agua de la pila está a punto de rebosar. ¡La que estoy liando, por favor!

—¿Tienes para mucho rato o qué? —la voz grave grita mientras aporrea la puerta.

Si no me apresuro es capaz de echarla abajo para entrar. Además, ¿cuánto tiempo llevo encerrada en el
baño? ¿Cinco minutos? ¿Diez? Me mantengo callada. He hablado muy pocas veces con el hermano de Maribel
y no me apetece nada tener que hacerlo hoy. Y menos a través de la puerta de un baño. El pobre es un imbécil
que cree que somos unas crías insignificantes. Siempre nos trata con desprecio y nos ningunea para salirse con la suya.

Clavo la oreja en la puerta y aguanto la respiración. Escucho unos pasos arrastrarse por el pasillo. Me he
descontado. La imagen del espejo me contempla con desprecio. No soy capaz de darme cuenta de que esa mirada me pertenece. Me atuso el pelo e intento dominar sin éxito mi flequillo ondulado. Lo aplasto con la mano. Se me ha arrugado un poco la camisa de cuadros rojos. Esa que me he tenido que echar por encima de los hombros para no escuchar la cantinela de mi madre. Se negaba a dejarme salir de casa con una camiseta de tirantes tan escotada. ¡Qué novedad! Estoy harta de oírla. Quiero poder vestirme como me dé la gana.

Desbloqueo con sigilo el pestillo de la puerta y la abro con cuidado. Miro hacia un lado y otro. No hay nadie.
La dejo entornada un par de segundos para echarme un último vistazo. Me sonrío. Todo irá bien. Me dispongo
a salir cuando me doy de bruces contra alguien, que, al ver que la entrada del baño se encuentra abierta,
ha pensado que ya está libre. Me da tiempo a ver una camiseta negra de NOFX e inhalar el olor corporal de otro adolescente que necesita una ducha con urgencia, antes de escuchar sus gritos.

—¡Eh, eh! ¡Mira por dónde vas! —dice echándose hacia atrás—. ¡Ya era hora!

Me limito a responder con un elocuente «lo siento» y me alejo de él mirando al suelo tan rápido como
puedo. Se encierra en el lavabo y acciona el pestillo. ¿De dónde ha salido?

—¿Qué ha pasado? —pregunta Maribel desde la cama al verme entrar en su habitación con cara de perro.
—Nada. Tu hermano. Que es gilipollas —digo antes de tumbarme boca arriba a su lado.
—Sí. No lo puede evitar, el pobre. Y desde que ha empezado a ir a la universidad todavía más. No lo soporto.
No sé quién se cree que es. Espero que a nosotras no nos pase igual.

Sonrío. Me queda poco menos de un año para largarme de aquí. Para empezar la universidad. Qué ganas
de marcharme lejos. De desaparecer de este pueblo que no me entiende, que me ahoga y no me deja ser yo.

—Por cierto, antes de que te fueras corriendo al baño, estábamos hablando de las vacaciones de Semana
Santa.

¿Pero qué le pasa? Ya le he dicho que no, ¿por qué coño insiste una y otra vez con el tema? Me mantengo
en silencio, me deslizo por la colcha y me siento en el suelo. Clavo la vista en la pared. ¿Qué hago? ¿Le digo
la verdad? ¿Que no soy más que una desgraciada que ha tenido que ir a esconderse al baño para que nadie la
viera llorar? ¿Para no tener que contarle que me siento como una mierda? ¿Que envidio su vida, su familia y
que por las noches, antes de dormirme, deseo despertarme e intercambiarme por ella? Me trago las lágrimas,
que intentan asomar de nuevo, levanto la vista y decido obviar su pregunta.

—Será que he bebido demasiada coca-cola —respondo intentando forzar una sonrisa, que se queda a
la mitad. Señalo la revista que tiene entre las manos—. ¿Quién sale en la portada?

Maribel no es tonta. Sabe que algo me pasa. Por eso se empeña en preguntar una y otra vez. Y por eso no
pienso decirle nada. No lo entendería. Respiro aliviada al ver que la tosca distracción ha funcionado. Maribel
me mira y levanta las páginas que está leyendo. Atino a ver de refilón una foto de los Backstreet Boys, una banda de chicos americana que lo está petando en todo el mundo.

—Estoy contestando este cuestionario: «Cómo conseguir que el chico más popular de la clase se fije en ti»
—lee con una voz que quiere imitar la de una persona adulta—. Algo que tú no necesitas. David ya está coladito por ti.

Y dale. Otra vez con la historia de David. Que si no para de mirarme. Que si nos ha seguido a la biblioteca o
al bar. No me importa en absoluto, la verdad, es un crío inmaduro. Pero finjo que sí para que me deje en paz con el tema de una vez.

—Ya, bueno, es que soy irresistible —digo moviendo la cabeza imitando a las modelos que salen en esa
misma revista.

Maribel la cierra y se estira en la cama boca abajo. Me mira. Lo veo en sus ojos. Sé qué es lo que va a decir
a continuación.

—Entonces ¿preguntarás de nuevo a tu madre si puedes venir en Semana Santa?

Me siento acorralada. Quiero levantarme y salir corriendo otra vez. Ya le he dicho que no todas las veces
que me ha interrogado hasta ahora. Siento el frío del suelo subiéndome por la espalda y soy incapaz de moverme.

—No puedo pedírselo más veces. Ya ha dicho que no me deja —digo con los ojos clavados al frente sin poder
mirarla a la cara.

Sé que puedo echarme a llorar en cualquier momento por la impotencia que me provoca que mi madre
me considere una cría a mis diecisiete años. Intento dominar mis emociones, pero un torbellino
incontrolable lucha por abrirse paso a través de mi garganta. Aguanto la respiración en un intento de dominar el llanto y de bajar las revoluciones de mi corazón, que late desbocado. Quiero patalear. Gritar de nuevo. Decirle que me muero de ganas de ir con ella a pasar la Semana Santa en la localidad costera de Llançà, en la casa que sus padres tienen allí. ¡Por supuesto que quiero ir! Cómo no voy a querer tener cerca el azul del mar, comer helados sin parar o ver las estrellas junto a la orilla mientras paseamos en libertad por la playa.
—Es que no lo entiendo —responde Maribel sacándome de mis pensamientos—. Tu madre me conoce.
Nos conoce. Somos amigas de toda la vida. He estado en tu casa. Tú en la mía. No lo comprendo.
—Yo tampoco —respondo abatida—. Mira, no puedo insistir más con este tema. Al final me va a castigar.

«O se pondrá como una fiera, que es peor.» Sin embargo, lo que de verdad estoy ocultando, además
de mis emociones, es otra cosa. En realidad, muy dentro de mí, sí que sé por qué no me deja ir. Llevo
tiempo dándole vueltas y solo he encontrado una explicación razonable. Solo una. Y es que mi madre me odia. ¡Me odia! Lo sé. Sé que suena retorcido y a adolescente llena de rencor por tener una madre muy estricta, pero es que no puedo entenderlo de otra forma. Me odia. No quiere que sea feliz. Y tengo que callármelo. Esconderlo. No tengo a nadie a quien confiarle cómo me siento. Mucho menos a Maribel, que correría a contárselo a su madre y entonces se verían en la obligación de hacer algo para intentar salvarme. No. No puedo decirle nada de esto a Maribel. No lo entendería. Además, mi madre sería capaz de tergiversarlo todo.

—¡Pero yo quiero que vengas! ¡Lo pasaríamos tan bien!

Maribel sigue a lo suyo y se recrea en la letra «a» de la palabra «tan» y la alarga tanto como puede. Aunque
intuye que algo sucede, no es capaz de darse cuenta de la gravedad de mi situación. Misión cumplida.
Continúa hablando de todo lo que haríamos estos días en Llançà si pudiéramos estar juntas. Comer paella.
Pasear por el camino de ronda. Ver pelis. Saborear un helado frente al mar. Putear a su hermano escondiéndole la Game Boy.
—Ya lo tengo —dice Maribel levantándose de un salto entusiasmada—. Le pediré a mi madre que la llame.
Es abogada. Si alguien puede convencer a la tuya de algo, es ella.
¿Cómo puedo hacerle entender que se trata de una idea terrible? Giro la cabeza con lentitud hacia los dos
lados mientras me levanto para dirigirme a la puerta. La única forma de cortar esta conversación es marchándome a mi casa.
—No, tranquila. No hace falta, en serio —digo antes de salir—. En algún momento tendrá que dejarme venir.

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© 2026 Carme Teixidor

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